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Lo que los apóstoles experimentaron el día de Pentecostés cuando quedaron llenos del Espíritu Santo, fue una arrolladora experiencia del amor de Dios. De eso se trata. Vivieron una experiencia arrolladora de Dios. Siempre me ha sorprendido leer en el relato del comienzo de la renovación carismática el testimonio de una alumna que estaba presente en ese mismo momento en que comenzó la renovación de la Iglesia. Esta niña dijo: «Estábamos en el templo, que en ese momento nos pareció estaba repleto del amor de Dios, tanto amor que teníamos miedo de ser amados con tal intensidad, porque no seríamos capaces de soportar tanto amor de Dios. Era como si el amor de Dios estuviera llenando la casa, la sala y nuestros corazones al mismo tiempo». Hermanos y hermanas, cuando hablamos del Pentecostés no hablamos de una idea abstracta. Estamos hablando de abrir la ventana. Ansiamos vivir una experiencia arrolladora de amor. En todas las experiencias de nuestras vidas -nuestros matrimonios, nuestras profesiones, amistades, a través de nuestras empresas -ansiamos hallar el amor. Ansiamos una experiencia de amor que supere lo que conocemos, porque ninguna de las formas de amor que podemos experimentar en esta vida puede llenar nuestros corazones. Cambiados por el Espíritu Santo Entonces llegó Pentecostés. El relato de ese día trascendental nos dice que la posibilidad existe, que podemos experimentar el cálido y arrollador amor de Dios. Esta experiencia está abierta a todos aquéllos que aceptan al Espíritu Santo y que claman por El. Y esto nos conduce a la secunda escena de nuestra drama: Estaban de paso en Jerusalén judíos piadosos llegados de todas las naciones que hay bajo el cielo. Y al oír aquel ruido todos ellos se reunieron y estaban perplejos al escuchar a aquellos hombres hablando en su propia lengua. Estaban sorprendidos y desconcertados. Seguramente, decían que todos esos hombres que hablaban eran galileos. ¿Cómo puede ser que cada uno de nosotros los escuche hablar en su propia lengua? Persas, medos elamitas, habitantes de Mesopotamia, etc. Y todos nosotros les oímos hablar en nuestras propias lenguas sobre las maravillas de Dios. Hermanos y hermanas, ¿qué agrega esto a lo que ya sabemos?. Describe el primer cambio que introdujo que llegada del Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia solía decir: «Lo que el Espíritu Santo toca, el Espíritu Santo cambia». Cuando el Espíritu Santo tocó a los apóstoles, vemos que los cambió de manera radical. Analicemos cómo y dónde los apóstoles cambiaron en forma tan llamativa. Para comprender esto, debemos referirnos nuevamente al Antiguo Testamento. San Lucas quería establecer un contraste entre Babel y Pentecostés. En Babel, todas las personas hablaban el mismo idioma pero no podían entenderse. Ahora, todos están hablando idiomas diferentes, pero cada uno comprende a cada uno de los otros. ¿Por qué? El Génesis nos dice que quienes construyeron la torre de Babel dijeron: «Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. Así nos haremos famosos y no nos dispersaremos por todo el mundo» (Génesis 11:4). Los hombres de Babel estaban preocupados por hacerse famosos. En consecuencia, fueron dispersados y destruidos. Ahora los apóstoles estaban comenzando a construir una torre, es decir, la Iglesia. ¡La Iglesia es el edificio de Dios! Pero estos hombres -Pedro, Santiago y Juan- no estaban preocupados por hacerse famosos. No, como leemos en las Escrituras, estaban abrumados por las maravillas de Dios. No hablaban de otra cosa que no fueran las grandes intervenciones del Señor. Ese fue el gran cambio; se había producido la «revolución copernicana». Deja entrar al Espíritu Santo Quizás ustedes se pregunten qué fue la revolución copernicana. Antes de Copérnico -en el siglo XVI- las personas creían que la tierra era el centro del universo y que el sol giraba en torno a ella. Entonces Copérnico (y muchos otros después de él) dijeron que no, que las cosas eran un poco diferentes. El sol estaba inmóvil (al menos relativamente) en el centro del universo, y la tierra giraba a su alrededor porque necesitaba de su luz y de su calor. En el universo espiritual, todavía debe producirse esta revolución copernicana. Cada uno de nosotros tiene la percepción inconsciente de ser el centro. Yo soy el centro del universo y todos y todas las cosas debe estar a mi servicio. Incluso el Hijo. Incluso Dios. Esto significa ser egoísta, y nosotros estamos, más o menos, en esta condición precopernicana. Somos egoístas. Cada uno de nosotros se considera el eje alrededor del cual todo gira. La revolución copernicana que se produjo en Pentecostés fue que estos hombres se olvidaron completamente de sí mismos y quedaron completamente fascinados por el Hijo. Centraron sus personas en Dios, en Cristo. Esto es lo que Pentecostés puede y debe lograr también en nuestras vidas. Hay un hermoso pasaje en la Cuarta Oración Eucarística de nuestro Misal Católico que dice: «Y para que ya no vivamos más para nosotros mismos sino para El -es decir, para Jesús- El envió al Espíritu Santo como el primer don para aquéllos que creen». ¿Has escuchado alguna vez esta oración? Pese a que no se la utiliza con frecuencia, es muy importante. Ustedes pueden ver que dice que para vivir no para nosotros sino para el Señor, necesitamos al Espíritu Santo. Es por eso que el Santo Padre dijo que no puede existir renovación en la Iglesia sin el Espíritu Santo. Puede que se haya producido una experiencia espiritual que haya tenido el aspecto de una renovación o de mejoras en la liturgia, modificaciones en los hábitos de las monjas, cambios en la manera de celebrar la misa (ya no más en latín) ; pero se trata de pequeños aspectos. No hay una verdadera renovación profunda en nuestras vidas cristianas a menos que nosotros mismos nos abramos y permitamos al Espíritu Santo ingresar en nuestras vidas. Permitimos que ingrese porque él desea hacerlo; está listo para hacerlo. Aguarda que nosotros le abramos la puerta. Y espero que este mismo día muchas personas abran la puerta al Espíritu Santo.
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Todos ansiamos una experiencia de amor que exceda lo conocido Padre Rainiero Cantalamessa |