La espiritualidad del músico católico

Autor: Erik Cuevas
Coordinador diocesano de MCM
RCCES Puebla, Pue.

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“En la Sagrada Escritura encontramos varios pasajes muy hermosos que nos muestran la forma de acercarnos a Dios a través del canto y la música, transformados en ofrenda, en holocausto agradable a nuestro Señor, abandonándonos en sus benditas manos y reconociendo su fidelidad y amor para con nosotros.

 

  1. El Arca de la Alianza

 

En el segundo libro de Crónicas (Cap. 3), Salomón, hijo del Rey David, construye un templo para guardar el Arca de la Alianza. El Arca representaba a Dios unido en alianza con su pueblo y contenía los 10 mandamientos escritos en las tablas de la Ley en el Horeb. Estos mandatos fueron entregados a Moisés después de que Yahvé los liberó de su esclavitud en Egipto.

 

En la Escritura podemos ver que el Arca de la Alianza siempre fue símbolo vivo de la presencia misma de Dios en medio de su pueblo. El Arca era llevada a las grandes batallas como lo narra el libro de Josué en el capítulo 6, cuando se derrumbaron las murallas en Jericó, o cuando Moisés y el pueblo de Israel se cobijaban bajo el amparo del Arca que iba al frente de todos ellos (Números 10, 35).

 

Por ello es que también a María la llamamos Arca de la Alianza, ya que es la “Theotokos” (Madre de Dios). Es la portadora de la presencia viva del Señor; aquella que se une a la Iglesia en la batalla contra el Dragón (Apocalipsis 12).

 

Dada la importancia del Arca de la Alianza, Salomón, mandó a construir un templo majestuoso que pudiera resguardar Al mismo Yavhé de una manera digna y propia de un Dios todopoderoso. Cuando terminaron de construir el templo, empezó una odisea de alabanza y bendición al trasladar el Arca de la Alianza desde Sion -la ciudad de David- hasta la nueva morada del Señor: la “Casa de Dios”, en latín “Templum, Beth Elohim” (2 Cr 5, 7).

 

La Biblia narra que al trasladar el Arca los levitas eran los designados para celebrar, glorificar y alabar a Yahvé, el Dios de Israel, (1Cr 25, 1-5; 2Cr 5,12). Iban acompañando al Señor hacia el lugar que estaba preparado para albergar su presencia. El hecho que más nos llama la atención es que mientras el Arca de la Alianza iba hacia su lugar, los encargados de la alabanza -los levitas- encabezados por Asaf, Emán y Yedutum, iban entonando cánticos de gozo y alegría por la presencia de Dios que camina entre ellos.

 

Nos narra la escritura que el Arca de la Alianza llegó al templo, a su casa, donde se encontraban los sacerdotes, todos ellos debidamente purificados (2 Cr 5, 11). El texto nos subraya esta aclaración: explica que todos, sin distinción de clases, absolutamente todos estaban purificados. Además, los levitas, los cantores, Asaf, Emán y Yedutum, junto con sus hermanos y sus hijos, estaban vestidos de lino fino, tocando toda clase de instrumentos, alabando y celebrando a Yahvé en comunión con 120 sacerdotes más. Cabe mencionar que el lino era una tela que simbolizaba pureza y distinción, que vestía a ciertas personas sólo en ocasiones especiales.

 

¡Qué bendición! Todos aclamando el nombre del Señor y repitiendo: “Porque es bueno, porque es eterno su amor”; reconociendo las grandezas de Dios en sus vidas y sin acordarse de sus pruebas o problemas, sólo cantando, tocando, agradeciendo, alabando, y glorificando el dulce nombre, su hermoso nombre, ¡Yahvé!

De repente un suceso imprescindible, algo que no estaba dentro de los planes de nadie: Dios, el mismo que hizo su alianza con ellos; aquel que dijo: “ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”; el mismo que los acompaño en todas sus batallas, que los libero de los Egipcios, que les dio una nube para cubrirse del sol, y una columna de fuego para las noches de frio, que envió el maná y las codornices, que hizo brotar agua de la roca, que abrió el Mar Rojo, el mismo Dios que siempre y desde la eternidad los ha amado, que nunca los ha abandonado aun en la infidelidad, ese mismo Dios, Yahvé se manifiesto, se hizo presente rodeado de su gloria en aquel lugar (2 Cr 5, 13).

 

  1. La nube de Dios

 

Una densa nube cayó sobre la casa de Dios; dice la Palabra: “la Gloria del Señor llenaba la casa de Yahvé”, y seguramente llenaba también los corazones de quienes estaban preparados para recibirlo y abrieron su corazón ante su presencia. El gozo de aquellos que alababan y glorificaban a Dios fue contagiado al mismo Señor que decidió llegar a ellos y gozarse junto con su pueblo mostrando la hermosura de su gloria. Como aquellas ocasiones, antes de la caída de nuestros primeros padres, Adán y Eva, cuando Dios mismo caminaba en el Edén, en esta ocasión la casa terrena, el Templo de Salomón, se convirtió en una sola casa porque Dios decidió hacer morada ahí. Es como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, como si el aire de Dios, su atmosfera, hubiera inundado aquel lugar, como si el Edén se hubiera instaurado ahí mismo.

 

Bien dice el dicho popular que “Amor con amor se paga”, y esto que sucedía no era otra cosa que ellos, nuestros colegas levitas junto a sus hermanos israelitas, amando a Yavhé a través de sus cantos, su música, su alabanza, correspondiendo el amor y misericordia de Dios.

 

Es importante descifrar el contenido de este texto bíblico, ya que no nos podemos quedar en la superficialidad de simples letras, sino ir mas allá de lo que nuestros sentidos limitados pueden captar. Aquí nos narran como Dios quiere estar en su casa, y Él se goza cuando esa casa esta limpia, cuando ya ha sido adornada y preparada para recibirlo; es decir, cuando nosotros, su pueblo, tenemos por entendido que Él merece el mejor lugar, lo mejor de cada uno, y eso se lo podemos entregar mediante la purificación de nuestras vidas. Recordemos que como dice el apóstol San Pablo, nosotros somos el Templo de Dios, el templo del Espíritu Santo, quien vive en nosotros.

 

Por eso, si queremos ver la gloria de Dios cuando le alabamos y bendecimos a través de nuestros cantos, necesitamos estar preparados para tener un corazón limpio, sincero, agradecido, lleno de amor y pasión por aquel que ha dado todo por nosotros.

 

  1. Transfigurados por su presencia

 

También necesitamos “vestir nuestro interior”, nuestra vida, de “lo mejor de lo mejor”; es decir, poner manos a la obra en nuestra realidad y transfigurar en nosotros el rostro mismo de Jesús (Romanos 13,14); reconocer también que somos imagen y semejanza de Él (Génesis 1,26), y que esto nos lleva a tener sus mismos sentimientos, a entregar el mismo amor a los demás y asumir la dignidad como verdaderos Hijos de Dios en quien El se complace. Así mismo, asumiendo la responsabilidad de ser testimonio vivo de que ya no somos nosotros, sino Él quien vive en nuestros corazones (Gálatas 2,20).

 

Qué difícil tarea; nosotros libres por la voluntad de Dios, imperfectos pero a la misma vez perfectibles; capaces de realizar cada vez mejor las cosas y luchando por alcanzar la Gloria eterna. Pero tenemos esta hermosa oportunidad de vivir momentos de comunión con la Santísima Trinidad, porque “el Reino de los cielos ya está aquí”, dice el Señor (Mateo 4,17).

 

Recuerdo las palabras del Salmo 8, “quienes somos Señor para que te acuerdes de nosotros”, que aún con nuestras miserias e infidelidades nos regalas hermosos momentos impregnados de tu presencia. Amados hermanos, en la alabanza a través de la música, encontramos un momento trascendental en el servicio al Señor; como dice Cantar de los Cantares (2,11): “Las lluvias ya pasaron, es el tiempo de las canciones nuevas”; pero es algo que tenemos que asumir de manera responsable para que Dios manifieste su gracia en cada una de las comunidades, lugares y momentos donde servimos.

 

Primeramente necesitamos purificarnos, estar preparados para cuando Dios quiera manifestar su gloria. No podemos conformarnos con cantar y tocar, sino más bien prepararnos para que Dios habite totalmente en su casa, en nuestro corazón, y así pueda manifestar su maravillosa presencia en todo nuestro entorno. De nada serviría prepararse musicalmente si no sabemos la trascendencia que tiene la alabanza, el poder que emana de ella cuando estamos testificando lo que sale de nuestros labios y se proyecta en cada parte de nuestro cuerpo cuando tocamos algún instrumento. Un músico Católico debe estar purificado, consagrado a Dios, un hombre o mujer que busque con sed los sacramentos, de profunda oración, ayuno, dispuesto al sacrificio.

 

Necesitamos estar conscientes de que en la medida que dejemos las peticiones y las transformemos en alabanza que nazca de nuestros corazones, podremos darnos cuenta del poder y bendición que se desata por la misericordia de Dios. Una vez purificados, debemos arroparnos en la fe, esperanza y caridad para poder darnos y dar al Señor a los demás, sin esperar nada a cambio; solamente con la intención de ser canales de bendición y reconocer a Dios como la fuente de donde brota el Agua Viva.

 

No nos debe caber la duda de que cuando estemos decididos a vivir conforme al Señor lo quiere, la gloria de Dios se manifestara al instante en cada nota que brote de nuestro instrumento, de nuestra voz, cada vez que el Señor por su infinita misericordia permita que nosotros, sus ciervos sedientos, sus siervos amados, podamos poner al servicio de la comunidad los dones que Él mismo nos ha regalado para edificar su Iglesia, su Cuerpo Místico, del cual Él es cabeza.

 

Nosotros, como Iglesia que fundó Cristo, contamos con absolutamente todos los medios de salvación, solo hay que despertar; somos el gigante que ha permanecido dormido durante mucho tiempo, es momento de levantarse e ir al encuentro del Señor, traerlo verdaderamente a su morada, donde Él quiere estar, para que se posesione de lo que es suyo y haga de ello lo que siempre ha querido: “verdaderos adoradores, en espíritu y en verdad” (Juan 4,23)

 

Amados cantores, instrumentistas, Ministerios de Canto y Música: ¡este es el momento! ¡No hay porque esperar más! Y que Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que en conjunto reciben la misma gloria, habiten de tal manera en nuestros corazones que no podamos ni un solo instante dejar de pensar y actuar conforme a lo que Él quiere; y que nuestra vida sea una continua alabanza junto con María Santísima, que nos lleve siempre a tener una experiencia personal con Aquel que nos ha amado, nos ama y nos amara.